Daniel Ulibarri

MOTOMAMI y el contraste como constante

Rosalía se mira y se examina. Confronta el éxito y repudia la fama, toca la soledad, parrandea, se cepilla a sus críticos, extraña a los suyos, escucha a su abuela, desea la carne de su amante.

En su tercer álbum de estudio, MOTOMAMI, la catalana tira la fórmula a la basura. No insiste en el camino del aplauso, lo incendia.

Esto no es EL MAL QUERER (2018) advierte la también compositora y actriz española en una de las canciones de su nuevo disco y es cierto: poco queda en MOTOMAMI de ese relato trágico hilado en cante iconoclasta que fue su producción anterior.

Pero en ambos discos, una voz gloriosa que se atreve a ofender a los cuidadores de las categorías, una idea artística clarísima que experimenta con tanta osadía como cálculo.

La catedral que fue EL MAL QUERER hecha pedazos. Y de ese caos, una obra magnífica.

El eco místico del templo se convierte en rugido de motocicletas, la caligrafía medieval en aerosol de grafiti, la sutileza del deseo en porno.

MOTOMAMI es un autorretrato en la montaña rusa de estos años. Ese es el compás que se percibe en el cuidadísimo orden de las canciones.

La secuencia enlaza el arrullo con el estallido y pone la melodía detrás de la chicharra. Tras una descarga, un susurro.

El encierro, la distancia, la ansiedad del aislamiento están en el fondo de estas composiciones, como lo está también la súbita celebridad de la cantante.

Si antes torció el flamenco, ahora cimbra el lenguaje, la voz, todos los ritmos. Un spanglish que es un universo propio.

Un vocabulario personalísimo que venera a la palabra haciéndola una travesura de la lengua. C es de coqueta. G es de guapa.

La energía femenina que Rosalía nombra como MOTOMAMI se escucha en el disco como apetito sexual y como ternura, como firmeza de árbol y libertad de aire, como humor y fiesta, independencia y filiación.

El primer llamado del disco es el aviso de la transformación: mariposa o drag queen, yo me contradigo, yo me transformo.

El contraste es la constante del disco.

La artista se metamorfosea porque todo se escurre, todo se diluye. La flor de cerezo que, tan pronto se abre, cae es símbolo del disco.

Para admirar su belleza hay que aceptar su muerte.

En el sol me derrito, dice en algún momento. Se asoma también la tristeza del desamor, el pesar de la distancia.

Lo bueno que tengo no pue durar.

En la portada, Rosalía se monta en Boticelli y en el disco se entreveran el reggaetón, el jazz, el flamenco, la bachata y el bolero.

Rosalía es una esponja que estudia todo lo que absorbe. No parece superficial la incorporación de los ritmos y los acentos. Esa inteligencia arquitectónica no roba, investiga hasta hacer propios los sedimentos más extraños.

No hay improvisación alguna en este álbum aparentemente caótico.

Entre tanta mutación y tanta mezcla, es clarísima la médula de un timbre que resiste: soy muy mía.

Soy igual de cantaora con un chándal de Versace que vestidita de bailaora.

Cierra el ciclo una voz solitaria en el estadio.

Regresa al principio: el cambio, la ruptura, el fracaso. La multitud aclama y la mujer canta con voz desnuda a la luz que se apaga y al fuego que quema.

La que sabe, sabe. / Que si estoy en esto es para romper. / Y si me rompo con esto, pues me romperé. / Y qué, solo hay riesgo si hay algo que perder. / Las llamas son bonitas porque no tienen orden, y el fuego es bonito porque todo lo rompe“.

 

 

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