septiembre 30, 2020

La horrible pandemia que padecemos ha propiciado una abundancia de moralistas instantáneos.

Su tema favorito consiste en que “la cuestión clave” de nuestro agobiado mundo es la renuencia individual a pensar en lo que es mejor para la comunidad, para el bien público, para el todo social, para el bien común.

Todos esos términos sonoros (y polémicos) tienen un atractivo casi poético, pero, ¿qué significan exactamente?; ¿quién los define? ¿Cuál es el ideal único, general, al que todos debemos aspirar? (Quién sabe).

Suponiendo un inverosímil consenso universal al respecto, ¿qué ente estaría a cargo de organizar el esfuerzo para conseguirlo? El todo social que se pretende mejorar, ¿es el barrio?, ¿es la ciudad?, ¿es el estado?, ¿es la nación?, ¿es, por fin, el mundo?

El problema, se nos dice, es que cada uno se contenta con saber y querer lo que es mejor para sí. En mi opinión, dicha actitud es primordial.

Un ente adulto, racional, libre y responsable puede y, debe, decidir y actuar en función de lo que juzga conveniente para su propio beneficio, el de su familia y el del grupo al que escoge pertenecer.

Nada de ello implica necesariamente una conducta egoísta; lo dicho no excluye la simpatía, ni la generosidad, ni la filantropía.

Todos es una abstracción –decía Jorge Luis Borgesy cada uno es verdadero“.

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