octubre 24, 2020

He subido por la vereda al alto monte.

¿Te acordás cuando me acompañabas?

Entonces eras joven, y siempre te adelantabas a mi paso. Luego, con los años, caminabas a mi lado.

Después envejeciste, y yo debía esperarte para ir juntos.

Ayer, como te dije, fui a la montaña.

Subí lentamente, igual que vos, pero pude llegar hasta la cima.

Desde la cumbre vi el Potrero.

Las casas parecían ovejas blancas que se hubieran detenido a descansar a la mitad del valle.

Sentí que estabas conmigo, mirándome mientras yo miraba.

Hace mucho tiempo que te fuiste, y sin embargo aún estás aquí. Si te hubiera escuchado hablar no me habría sorprendido.

De pronto vi a alguien que me veía. Me pareció conocido y fui hacia él. Era yo mismo.

En la montaña uno se encuentra siempre a sí mismo.

No nos dijimos nada: estamos acostumbrados a entendernos en silencio. Pero de pronto me dijo lo mismo que te dije a vos:

“¿Te acordás?”.

“Sí, recuerdo” -le contesté.

También en los recuerdos se encuentra uno.

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