octubre 29, 2020


Afrodisio Pitongo, hombre salaz, libidinoso y lúbrico, invitó a Susiflor a un paseo por el campo. A la vista de las bellezas naturales la linda joven prorrumpió en expresiones de entusiasmo:

«¡Ah, el límpido arroyuelo! ¡Ah, el ameno prado! ¡Ah, la hierba mojada por el rocío matinal!».

«Traigo una cobija» -la interrumpió Pitongo.


Don Lumbagio le contó a un amigo que la ciática no lo dejaba dormir.

«Así son las orientales» -comentó el amigo, que no entendió bien lo que le dijo don Lumbagio.

Luego le recomendó a un sobador que, le aseguró, curaba todo tipo de reumas y achaques similares.

Fue con el curandero don Lumbagio y le pidió que le informara en qué consistía su tratamiento.

Explicó el tipo:

«Hago que el paciente se tienda bocabajo en un lecho de piedras. Luego bailo sobre sus espaldas una danza de mi tribu. En seguida tomo una estaca y le golpeo con ella los lomos. En seguida le echo encima un balde de agua helada y otro de agua hirviendo. Finalmente lo hago beber un litro de aceite ricino».

Preguntó, inquieto, don Lumbagio:

«¿Y con eso se curan los pacientes?». «Supongo que sí -aventuró el sobador-. Ninguno ha vuelto para una segunda sesión».


El cuento que da principio a estos renglones tiene un alto contenido sicalíptico.

Seguramente será reprobado tanto por la Liga de la Decencia como por la Pía Sociedad de Sociedades Pías.

Las personas con escrúpulos de moral o chiripioorcas de pudicia deben abstenerse de poner en él los ojos, y empezar la lectura en la frase:

«No sé decir que no».

He aquí el malhadado cuento.

La habitación de hotel de aquel señor estaba contigua a la suite nupcial, ocupada por una parejita de recién casados.

Las paredes eran más delgadas que las una casa de interés social.

En esas casas un marido le pide intimidad a su señora y nueve esposas responden a la vez:

«Esta noche no. Me duele la cabeza».

El pobre señor que digo hubo de oír toda la noche los sonidos y expresiones que derivan del acto del amor, pues los novios estrenaban los goces de himeneo y se la pasaron entregados al deliquio pasional.

Apenas amaneció el día el señor acudió a la administración del hotel.

«No pude pegar los ojos en toda la noche» -se quejó.

Le dijo el de la recepción:

«Acabamos de cambiar los colchones. ¿Estaba duro el suyo?».

«No -respondió el señor, mohíno-. Estaba duro yo».


En el Ensalivadero, solitario paraje al que acuden por la noche los enamorados, el ingenuo muchacho se dispuso a besar a su avispada novia.

Le adelantó con timidez:

«Voy a darte una cucharadita de amor».

Preguntó ella:

«¿No trajiste la pala?».


«Quiero divorciarme de mi esposa», le dijo el cliente al Lic. Ántropo.

Inquirió el abogado:

«¿Por qué?».

Explicó el sujeto:

«Me dijo que soy un pésimo amante».

Le indicó el jurisconsulto:

«Una opinión así no es causal de divorcio».

Replicó el tipo:

«No se trata de opiniones sino de comparaciones. Cuando hace un año me casé con mi mujer ella era virgen. Ahora me dice que soy un mal amante. Quiero divorciarme de ella por conocer la diferencia».


«¿Cuándo fue la última vez que tuviste sexo?».

Esa pregunta le hizo el nieto mayor a su abuelo.

Con un suspiro respondió el señor:

«Hijo: creo que nunca lo tuve».

«Cómo es posible -se asombró el muchacho-. Fuiste padre de ocho hijos y dices que nunca tuviste sexo?».

«Ah, sexo -replicó el abuelo-. Sexo tuve anoche. Yo oí seso».


Babalucas fue a una ferretería y le dijo al dueño del negocio:

«En mi casa anda un ratón. Tiene algún veneno para acabar con él».

«Tengo éste muy bueno -contestó el de la tlapalería al tiempo que le mostraba un polvo blanquecino-. Póngaselo en el agujero».

Preguntó, receloso, el tontiloco:

«Y qué efecto tendrá sobre el ratón si me lo pongo ahí?».


Ya conocemos a Capronio.

Es un tipo incivil e inurbano. Ayer vio a su esposa ocupada en tejer con agujas. Le preguntó:

«¿Qué hacés?».

Respondió la señora:

«Te estoy haciendo un suéter de lana virgen para que estés calientito en el invierno».

Sugirió el tal Capronio.

«Estaré más calientito si me lo hacés de lana súper puta.».


Dulcibella le dijo a Falacio, su novio:

«El anillo de compromiso que me diste no es de oro. Me pintó el dedo de verde».

Replicó el avieso galán:

«¿Acaso no has oído hablar del oro verde?».


Tres empresarios pasaron a mejor vida el mismo día.

Los tres fueron a parar en el infierno, no por razón de su oficio sino por la conducta que habían observado en sus empresas.

Luzbel llamó al primero y le dijo:

«Veo en tu expediente que dejaste de pagar 50 millones al fisco. En castigo pasarás aquí 50 millones de años acompañado por esta mujer».

Y le mostró a una horriblemente fea.

Exclamó con enojo el empresario:

«¡Malditos impuestos!».

Llamó el diablo al segundo y le informó:

«Veo en tu expediente que dejaste de pagar 100 millones al fisco. En castigo pasarás aquí 100 millones de años en compañía de esta mujer».

Y le presentó a otra cuya fealdad espantaba.

«¡Malditos impuestos!» -farfulló el condenado.

En eso apareció el tercer empresario.

Los otros dos se quedaron atónitos al ver que iba acompañado por una hermosísima mujer de bello rostro y atractivas formas.

Al pasar junto a ellos la mujer masculló hecha una furia:

«¡Malditos impuestos!».

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