septiembre 20, 2020

 

Más del 80 por ciento de las víctimas de violencia familiar, abuso sexual, hostigamiento y secuestro son mujeres. La superioridad física del hombre es aprovechada para estos delitos. Y ese mal uso de la fuerza contra las mujeres resume buena parte de la historia de la humanidad.

Por eso la lucha feminista es histórica. Se está peleando por la armonía entre nuestras conciencias y nuestra biología.

Tomó miles de años para que nuestras conciencias evolucionaran por encima de nuestro diseño biológico, en el que «el fuerte manda». Hoy parece que por fin estamos presenciando el derrocamiento de esta máxima.

Pero hay otro monstruo social del cual poca gente habla, y que muchas veces va de la mano con la problemática expuesta: es la mala salud mental engendrada por la desigualdad social.

Sería inhumano juzgar a un discapacitado por no poder caminar, sin embargo, todos los días juzgamos a personas con problemas de salud mental por no pensar y actuar con la claridad que tenemos.

Juzgamos sus actos sin conocer qué está pasando química y neuronalmente en su cerebro. Sin saber qué heridas, traumas o desgaste puedan tener. Porque, igual que cualquier músculo, si el cerebro está lastimado no va a funcionar debidamente, y requiere rehabilitación para sanar y muletas químicas en su caso.

El problema con las condenas precipitadas y tajantes -que nos encantan- es que impiden un diagnóstico certero que nos ayude a resolver los problemas desde su raíz.

No imagino crecer entre paredes de lámina, compartiendo con cinco personas un espacio no más grande que un clóset. Sin educación, comida, medicinas ni futuro. En un hacinamiento donde la violencia física, mental y emocional.

Toda víctima de abusos que no reciba la atención médica y psicológica, potencialmente replicará lo sufrido como adulto.

Esa pobreza extrema es el ecosistema en el que se gestan las tragedia de tantos homicidios hacia la mujer, habilitada por la biología y exacerbada por la misoginia. Tenemos enfrente una descomposición social, a la que tomará varias generaciones erradicarla.

Es fundamental identificarla como raíz del problema. No explotar laboralmente. Reprender conversaciones clasistas. Organizar y apoyar causas de beneficencia. Y lo mismo de siempre: elegir bien a gobernantes y legisladores.

Es un camino de millones de pasos, pero vamos apuntándole y andando en el sentido correcto.

Necesitamos un recordatorio, más empatía. Necesitamos un Gobierno que garantice educación, salud y oportunidades para los sectores marginados.

Estamos tan mal que cuando se pide que garanticen lo mínimo indispensable para una vida digna, suena como un sueño guajiro.

¿Y si empezamos a votar bien en América Latina? Costa Rica hizo lo mejor que pudo en las pasadas elecciones. Me preocupan las siguientes…

¿Y si repudiamos en ESAS próximas elecciones al populista que roba votos con la seguridad que le da la ignorancia y su falacia de la moral?

¿Si fiscalizamos a ese millonario que se ha robado millones del Gobierno? Ese que se robó miles de millones de colones y hasta contó cada centavo… ese dinero que se debería dedicar a cubrir por lo menos las necesidades básicas del pueblo.

En el fondo, el violador es él. Los que le dieron órdenes, los que le obedecieron y protegieron… ellos también.

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