octubre 24, 2020

En un callejón en el fondo de la mente

vive un doctor sin imaginación,

en nombre de la realidad

con cigarrillos remó hasta la fábrica

donde mis madres sudan todavía.

Me enterré una semana en la tierra de su piel,

con mi diente de oro y mi pequeño corazón,

indiferente a la gracia,

conocí ingredientes claves de su belleza:

El dolor y las quemaduras de horno

que cruzan sus muñecas.

Dedos encallecidos por los platos calientes.

Los rizos de mis madres

se deshacen en el sudor,

sus rostros cansados

mantienen presionado

el tenor de una canción precaria.

Yo tengo muchas madres, ¿ves?

Algunas ya se fueron

pero sigo sentado en la estación…

viendo como esperan en la ciudad

un aventón al trabajo.

La paloma, celosa de luto,

sosteniendo territorios

y los refugios que acechan a mis madres

sentadas en la espalda de mi mente

como esa precaria canción.

Una dice que no tiene imaginación que ofrecer.

No hay salida de ninguna manera.

Otra espera que el doctor sepa

que no hay forma de distanciarnos

en una casa de una sola habitación.

Mis madres piensan

que no estamos demasiado bien.

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