Daniel Ulibarri

Mi teoría Putin

Yo tengo teorías sobre casi todo, y prácticas sobre casi nada.

 

He arriesgado hipótesis sobre por qué las golondrinas hacen sus nidos como los hacen, acerca de la causa por la cual botan las pelotas, y para determinar los motivos -son varios- que originan que el agua del mar sea salada.

 

Hoy propongo una tesis tendiente a explicar la invasión de Ucrania por Putin.

 

Dice un antiguo tango que la historia vuelve a repetirse.

 

Las primeras incursiones expansionistas de Hitler se fincaron en la debilidad y tolerancia con que las vieron las naciones de Europa occidental, especialmente Francia e Inglaterra.

 

Esa actitud obsecuente condujo a que el dictador nazi se engallara y se arrojara luego a invadir Polonia, lo cual provocó inevitablemente la Segunda Guerra.

 

Pienso que Putin osó lanzarse contra Ucrania porque vio en Joe Biden a un Presidente débil, enemigo de conflictos, temeroso de enfrentamientos militares, según se vio cuando ordenó la retirada de las fuerzas que su país mantenía en Afganistán.

 

Séame permitido comparar a Biden con un encogido profesor que se ve de pronto ante un pandillero con el desnudo torso y los brazos tatuados, la actitud agresiva, y en las manos una cadena o una navaja.

 

Con solo imaginarme en esa situación, yo, que con costos fui estudiante pero sí soy medio pusilánime, me echo a temblar como azogado.

 

Debió Biden plantarle cara a Putin desde el principio; decirle en modo diplomático, pero con los cojones por delante: “Conmigo te jodés, desgraciado”, y reunir a sus aliados para formar un frente común, de modo que el tirano ruso tuviera que pensar dos veces las cosas antes de aventurarse a llevar adelante una empresa de claro tinte imperialista.

 

Aquí se necesitaba un huevudo Churchill o un hábil y decidido Roosevelt, no un pusilánime y despistado Chamberlain. Pero, como dije, esto es teoría.

 

En la práctica las cosas son muy diferentes.

 

Al tratar cosas de política internacional no quiero parecerme a la mamá de aquel presidente de un pequeño pueblo en el que vivo.

 

Cuando se enteró del asesinato de Kennedy la angustiada madre tomó al punto el teléfono y le pidió con voz llorosa al fruto de sus entrañas: “¡Cuídese, hijito! ¡Están matando presidentes!”.

 

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