octubre 20, 2020

La muerte llama a mi perro por el nombre equivocado.

Una mujercita cuando yo era pequeño, la muerte creció…

A mi lado, siempre más alta, pero siempre me mantiene confundido como casi nunca lo he estado.

La confusión, como el corazón, se queda atrás temprano para un niño, abandonado.

Con sus brazos desnudos viene bailando…

Baja por las escaleras de incendios para tomar mi mano.

Muerte, si tus ojos fueran verdes me los comería…

Porque ¿qué son los días sino el horno de un ojo?

Si pudiera desnudar un girasol hasta su alma desnuda,

Lo reconstruiría: verde por dentro del verde, rodeado de verde.

Ya no habría más que flores nuevas.

Navidad absoluta.

Muerte, dije, conozco a alguien, una mujer, quien hundió sus dientes en la luna.

Porque ¿qué son el espacio y el tiempo sino los inventos de hombres afligidos?

El alma va más rápido que la luz.

Comiéndose la luna viva, dejando atrás el espacio y el tiempo.

El alma es perdón porque conoce el perdón. Y el conocimiento es un torbellino: me enseñó a vivir exteriormente.

Una vieja estrella perseguida por la vieja luz de las estrellas.

Muerte, te pregunto, ¿hay una única historia?

¿Es el final de la historia el principio y cómo es que recuerdo todo?

¿Eso que nunca sucedió y casi nada de lo que pasó?

¿Nací alguna vez?

Pienso en los suicidios, todos prosperando. Muchos de ellos pintan bellos cuadros.

Pienso en chicos y chicas asesinados

En su primera belleza, ahora con hijos propios.

Y tengo una iglesia en mi mente, incendiada cruelmente,

Y luego la explosión de almas felices

En el aire verdoso y helado de Nochebuena:

Otra buena Navidad, un coro blanco.

Uno al lado del otro todavía

Mi Muerte y yo somos un ermitaño mágico.

Querida madre, te extraño.

Querido lector, tus ojos ahora son verdes,

Verdes como solían ser, antes de que yo naciera.

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