Daniel Ulibarri

Mi cama

 

Su voz es tenue, como el lejano eco de un eco lejano, tanto que solamente yo la escucho, por más que hay gente cerca.

 

Tiene una queja para mí, un reproche. Me dice:



-¿Cuánto tiempo hace que te recibo en mis brazos, y nunca me lo has agradecido? Disfrutas mi tibieza, mi suavidad, la tersura sedeña de mi piel, y cuando me dejas ni siquiera posas la mano en mí un instante para decirme “Adiós” o “Hasta mañana”.
Sos un ingrato.

Supongo que todos los hombres son así, pero tu ingratitud me duele más porque llevamos mucho tiempo juntos y jamás he oído de vos una palabra amable.

¿Acaso no se puede querer a alguien como yo? ¿temés que alguien te oiga decir que has llegado a acostumbrarte a mí en tal modo que ya me tenés cariño?

Espero que pensés todo esto la próxima vez que estés sobre mí y sientas cómo te recibo y el calor que te doy.

 

Eso me dijo. Y sentí pena.

 

En adelante, lo prometo, seré más agradecido con mi cama.

 

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