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noviembre 25, 2020

Una muchacha de buena sociedad contrajo matrimonio.

Llegó a él sin saber absolutamente nada de las cosas de la vida, pues su madre no tuvo el buen cuidado de decirle lo que en la noche de bodas iba a suceder, ni le habló de sus funciones de esposa, que no se constreñían a tener limpia la casa y a prepararle la comida a su marido.

Así, cuando el novio quiso hacer obra de varón la infeliz muchacha, casta y pura como era, sufrió un shock tal que se soltó gritando como loca, y hubo necesidad de llamar al médico de la familia para que la durmiera con un fuerte sedativo.

Tan traumatizada quedó la joven que ya nunca permitió que su esposo se le acercara, pues lo veía como un degenerado criminal que iba a atacarla.

De nada sirvieron las aclaraciones que su madre le hizo, y fueron inútiles también las discretas orientaciones que quiso darle su director espiritual, un sabio sacerdote jesuita.

Cada vez que la muchacha veía a su marido entraba en un paroxismo de terror que a todos aterrorizaba.

La suegra del muchacho, señora de buen sentido que sí sabía de la vida y sus requerimientos, empezó a acercarle mujeres a su yerno.

¿Se compadeció de él?

¿Temía que la forzada continencia llevara al muchacho a aventuras peligrosas para sí mismo y para el honor de la familia?

No lo sé.

El caso es que discretamente habló con algunas de sus amigas que en charlas íntimas le habían confiado sus insatisfacciones conyugales.

Las invitó a su casa y les garantizó, primero, la satisfacción que les faltaba, y luego el más absoluto secreto.

Los vecinos se sorprendían al observar la frecuencia con que la señora recibía la visita de amigas -se veía que tenía muchas-, pero atribuían tal asiduidad al interés que las visitantes sentían por la salud de su hija que, se sabía ya, estaba algo malita.

El círculo de damas que se interesaban por saber cómo estaba la muchacha fue creciendo al paso de los meses, pues las señoras insatisfechas, satisfechas ya, se pasaban la voz, y cundía la preocupación por la salud de la enfermita.

Al parecer tenía recompensa la obra de misericordia que aquellas damas hacían, la de visitar a los enfermos, según enumeró en su catecismo el Padre Ripalda, pues las visitantes salían de la casa con la amplia sonrisa que pone en el rostro de las personas caritativas la buena obra que han llevado a cabo.

Más aún: aquella caridad era a veces reconocida con largueza: algunas casadas que nunca habían podido concebir quedaban de pronto en estado de buena esperanza, merecido premio al interés que habían puesto en que la pobre enferma recuperara la salud.

¿Cómo supe todo esto? Porque lo inventé.

Porque algunas veces las mejores y más interesantes historias son las que nunca sucedieron.

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