octubre 24, 2020

En el pequeño cementerio de El Bosque está la tumba del mago de la aldea.

La gente lleva flores a la tumba, pues dice que el señor mago fue un santo.

Pero si la tumba del señor ilusionista pudiera hablar callaría esto:

Yo sentí el llamado de la ilusión, y lo seguí. Me hice mago. Creía, claro, en la sorpresa, y sentía que la ilusión  me sorprendió creyendo en mí. Pero luego el tedio de la vida y los pequeños fracasos cotidianos me hicieron dudar de que la ilusión estuviera conmigo, y entonces comencé a dejar de estar con la magia.

Dejé de practicarla , no sé si porque leí algunos libros o porque no leí los suficientes. Solamente los que saben mucho y los que no saben nada tienen a su alcance a la ilusión. Así, perdí la fe.

Pero a nadie lo dije. No importaba que yo no creyera en la magia; lo importante es que las gentes a quienes yo amaba sí creían en ella.

Por amor a ellos seguí amando las ilusiones. La practicaba por las noches reclamándole que no existiese.

Todos me tenían por un buen mago. El mito me proponía como ejemplo a los demás. A mí, que me duele ser ateo porque no tengo a quien dar las gracias por los dones que de la vida recibo. Uno de los dones que de la vida recibí fue el de la muerte. La tuve tranquila. “

Mis últimas palabras fueron para los pobres que rodeaban mi lecho de agonía: “Dios los bendiga”.

En sus lágrimas vi que mi vida no había sido inútil.

Y dije para mí: “Gracias a las sorpresas de la ilusión”.

Porque no había nadie más a quién darle las gracias.

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