El fregadero de la cocina ha estado obstruido durante días,

probablemente algún utensilio se cayó allí.

Y el drenaje no funciona pero huele peligroso,

y los platos crujientes se han amontonado

esperando al plomero que todavía no he llamado.

Este es el día a día del que hablo.

Es verano de nuevo: el cielo azul profundo y testarudo,

la luz del sol entra a raudales

por las ventanas abiertas de la sala de estar

debido al calor de aquí que no puedo aguantar.

Más lo aguanto. Ayer, hoy y hasta que el cuerpo mande.

Desde hace semanas, vengo pensando…

conduciendo o recogiendo los víveres

de la bolsa que se me rompió en la calle:

esto es lo que hacen los vivos.

Y ayer, apresurándome por esos ladrillos tambaleantes

en la grieta de la estrecha acera,  derramando mi gaseosa por mi muñeca,

lo volví a pensar,

y luego, al comprarme un cepillo para el cabello

que ya no me peino:

esto es lo que hacen los vivos.

Estacionar. Cerrar la puerta del carro a golpes.

Recordar lo que alguna vez fue ese anhelo.

Eso que quisimos y a lo que finalmente renunciamos.

Pedir alegría mientras aguantamos la tristeza…

Queremos a quien llama o no llama,

una carta, un beso, queremos más y más

y luego más.

Pero hay momentos, caminando,

cuando me veo en el cristal de la ventana,

digamos la ventana de la tienda de videos de la esquina que cerró,

y siento un aprecio tan profundo por mi propio cabello revuelto,

por mi cara magullada, mis muñecas pegajosas

y este abrigo desabotonado…

me quedo sin palabras.

Estoy viviendo, supongo.

Y es así como quiero ser recordado.

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