octubre 22, 2020

Liberata se llamaba la madre de mi madre.

Hermoso nombre es ése, ya en desuso.

Mamá Lata era una señora de grande genio e ingenio.

Daba buenos consejos a sus hijos en trance de buscar esposa.

Les decía: “La mujer por lo que valga, no por la nalga”.

Una de sus nietas, bajita de cuerpo, menudita, iba a casarse con un muchacho de casi dos metros de estatura.

La mamá de la novia se mostraba inquieta por esa diferencia.

“No te preocupés -la tranquilizó mamá Lata-. Hola.

A los matrimonios jóvenes les hacía una recomendación.

“Vos -le decía a ella- fingí estar un poco ciega”.

“Y vos -le decía a él- fingí ser un poco sordo”.

Cierto día -tendría yo 4 años- mamá Lata me leyó el catecismo de Ripalda:

“Dios está en los cielos, en la tierra y en todo lugar”.

Le pregunté:

“¿También en el excusado?”.

Se volvió hacia mi madre y le dijo:

“Tené cuidado con este niño, Rocío. Piensa demasiado”.

Tenía razón: pensar demasiado no lleva nunca a nada bueno.

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