septiembre 20, 2020

original (15)

Pasa frente a mis ojos un pedacito de art nouveau: una libélula.

Su nombre esdrújulo se te deslíe en la boca como algodón de azúcar.

Al verla siento un vago remordimiento, algo que es apenas pena. De niños llamábamos a las libélulas «caballitos del diablo».

Algún adusto clérigo debe haberles dado ese nombre cuando vio a dos volando una sobre otra en leves nupcias sobre lecho de aire.

Sólo un mal predicador es capaz de citar al ángel malo al ver el amor de un par de pequeños ángeles en vuelo.

La libélula es tan grácil que la brizna de hierba no la siente cuando se posa en ella.

Tampoco la luz sabe que atravesó la transparencia de sus alas.

Yo mismo no podría decir si lo que estoy viendo ahora es una libélula o un recuerdo de libélula.

Perdóname, libélula, por haberte llamado caballito del diablo.

¿Me perdonarás si ahora te llamo caballito del cielo?

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