En los caseríos de la montaña se habla de un pájaro cuyo canto convierte a quien lo escucha en estatua de piedra.

Hace unos años un amigo me llevó a un repecho en el monte que llaman Las Águilas y me mostró una peña que tiene la vaga forma de un humano.

Me dijo:

Yo lo conocí. Se llamaba Bernardino. Oyó ese canto. A veces el pájaro anda por aquí.

Soy hombre de ciudad, y desde luego no creo en las consejas que se cuentan en El Bosque.

Dije:

Ya vámonos. Se está metiendo el sol.

No pude dejar de ver la sonrisilla burladora que esbozó mi amigo cuando dije eso.

También se dice en el Potrero que si matás una rana otra vendrá en la noche y te ahorcará en tu cama.

Me han dicho también que las serpientes llamadas alicantes esperan a que se duerma la mujer que está amamantando a su hijo, ponen su cola en la boca de la criatura y luego se prenden del pezón de la lactante para beber la leche.

Ya dije que no creo en nada de eso.

Pero la gente sí cree.

Y yo quiero creer en la gente.

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