Daniel Ulibarri

El lenguaje de las piedras

 

Río de piedras. Lo llama así la gente porque desde tiempo inmemorial no lleva agua.

 

En uno de los grandes huracanes del pasado siglo, o del antepasado, el curso del arroyo se alteró, y el antiguo cauce quedó huérfano de agua para siempre.

 

Suelo cruzarlo a veces para ir a la labor nombrada Remedios, donde está el huerto de duraznos.

 

Y ayer, al ir pasándolo, vi por azar, entre las piedras grisáceas, ocres, azulosas, esa guija de color verde jade.

 

Me detuve y la recogí.

 

No conozco el lenguaje de las piedras -todas las cosas y todos los seres tienen su lenguaje-; de haberlo sabido le habría preguntado de qué lejana tierra vino, y por qué se quedó aquí, donde no hay ninguna otra piedra verde con la que pueda compartir su soledad.

 

Llevé a mi casa la pequeña piedra y la puse en el estante de los libros junto a una cajita verde. Así no se sentirá tan sola.

 

De vez en cuando la sacaré para que mire el azul del cielo, el blanco de las casas, el amarillo de la luz del sol, el color invisible del tiempo…

 

La llevaré a que vea otras piedras.

 

Me lo agradecerá, estoy seguro.

 

Tengo más fe en el agradecimiento de las piedras que en el de algunos hombres.

 

Y alguna vez quizá, cuando yo menos lo espere, me dirá de dónde vino y por qué se quedó aquí.

 

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