septiembre 21, 2021

Los maestros se quedaron sin esposas,

sin disculpas por las molestias, y envolvieron

cuidadosamente alambre de púas alrededor

de las muñecas de sus presos políticos,

como en un ritual, estirando los brazos

de sus llamados “pupilos” en contra

de toda voluntad, justicia y humanidad.

Los picos se desvían en la carne todavía hoy

y los prisioneros marchan mientras entran

a una cabaña donde todos los que eran libres

ahora son encerrados y castigados como ganado;

huellas de todo color marcan el rastro de lágrimas

todo el camino hacia ese lado secreto y oscuro.

Al pasar por las iglesias, los maestros sacerdotes

cierran los ojos y ofrecen oraciones en nombre

de los “forasteros”, llamándolos a la salvación

de un supuesto Mesías que “reinará sobre todos».

Los maestros sacerdotes cabalgan por aldeas

para llevar a los paganos hacia “la hermandad”.

Cabalgan, bordean las vallas del campamento

sin notar firmes paredes de espinas metálicas,

mirándolos fijamente a través de la malla del tiempo,

sin ver en ellos realmente a nada y a nadie.

Pero los maestros sacerdotes persignan

sus corazones por la supuesta paz mientras

pasan madres con corazones que lloran

bajo las ásperas máscaras de sus falsas sonrisas,

escondiendo el llanto por sus hijos arrancados

de sus pechos, encadenados como ladrones y,

como fieras solitarias, bajo siete plagas de cerraduras.

Aquellos que nacieron para trabajar, para destrozar

sus músculos, tararean canciones tristes por demás

mientras trabajan la tierra, tendiendo hojas de tabaco,

desyerbando plantas de maíz, adelgazando el arroz

mientras los gusanos chupan su sangre y pican sus pies

cansados y prisioneros en los dambos empapados.

Posteriormente, sus maestros sacerdotes recibirán

todas las codiciadas medallas de la máxima autoridad

de ese país y serán exhibidos como maestros agricultores

bajo bombillas y ventanas que chasquean.

Ellos también cerrarán los oídos ante los lamentos

de los detenidos, pero ese canto hinchado y abusado

de las plantas que maduraron bajo los gemidos  obreros

y los niños obligados a bailar al ritmo de látigos

punzantes dejan huellas que el tiempo no sabrá abordar.

En los periódicos de los maestros sacerdotes

escuchamos la leyenda de la historia de una libertad

ganada con mucho esfuerzo, enmarañada y mentirosa:

el mismo cuento de un falso salvador repetida cada día,

hora a minuto hasta que nuestros templos y oídos

gradualmente se vuelven sordos  mientras la vista

se deteriora por el flujo diario y temerario de sangre

que lloró el sol sin el paño para secar las huellas…

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