marzo 7, 2021

El gato de la casa ha subido a las ramas del pirul.

Ahí se ha agazapado, como la muerte. Ahí, como la muerte, acecha.

Llega al árbol un pájaro madrugador. Su plumaje es gris. Tiene sólo en el pecho un indeciso color vagamente amarillo.

No ha visto al gato, pero el gato sí lo ha visto a él. El cuerpo del felino se pone tenso, igual que un arco que se dispone a disparar la flecha. Va a saltar esa síntesis de tigre, y el ave va a morir.

Doy un grito. El pájaro se asusta y huye. El gato vuelve los arteros ojos hacia mí y me mira con mirada fiera.

¿Es la vida la que me ve, o es la muerte? No lo sé. Me inquieto, sin embargo -tampoco sé por qué-, y me alejo de ese sitio donde están la muerte y la vida.

Oigo a los lejos el trino de un pájaro. ¿Es el mismo? Y siento que me sigue una mirada. ¿Es la misma?

La vida y la muerte están conmigo.

La muerte y la vida están en todas partes.

Son la misma cosa.

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