Podrías conducir a ciegas por solo dos segundos y serían para siempre.

Pienso en eso mientras un camión diesel me pasa

ocho kilómetros al este de mi destino, batiéndome

a través de la tormenta, la colina deslizándose.

No sirve de mucho maldecir.

Las palabras vuelan, caen hacia el punto invisible

donde la pradera y el cielo se encuentran.

El camino es así en esos segundos:

nada más que el lado ciego de la creación.

Estás ahí en alguna parte, una celda diminuta que lucha.

Podrías ser significativo pero puede que no seás nada.

Siempre es un espacio de tiempo dividido mientras la misa acaba.

Mi maldición vuela por ahí en alguna parte y luego envío

mi oración al velatorio del camión diesel que se dirigía al mar,

a ciento ochenta kilómetros a través de la tormenta donde hoy vivo.

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