octubre 26, 2021
La combinación del desconocimiento completo de una enfermedad nueva con el avance científico que existe en este momento nos ha llevado a un huracán de ideas, pensamientos, hipótesis, teorías y descubrimientos.
En menos de un mes de haberse alertado sobre la aparición del nuevo coronavirus, la ciencia fue capaz de lograr secuenciarlo, es decir, descubrir su estructura, identificar cada base nitrogenada que constituye la cadena de ácido ribonucleico.
Pero a pesar de todo esto seguimos con preguntas, algunas nuevas, otras no resultan. El tiempo de inmunidad de la enfermedad, el tiempo de protección de las vacunas y por supuesto, cuánto tiempo más viviremos en pandemia.
La enfermedad ha sido tan dinámica que mientras hay quienes no han enfermado, hay quienes lo han padecido tres veces.
Mientras hay quien se aplica hoy la tercera vacuna, hay quien no ha recibido ninguna.
También hay quienes nunca han tenido inmunidad al tiempo que otros ya la están perdiendo.
¿Cómo lograr un protocolo que pudiera unificar criterios de aislamiento, tratamientos y vacunas en un mundo con más de 7 mil millones de habitantes y así lograr detener la diseminación de un virus que parece aprovecharse de las diferencias existentes en los seres humanos para continuar su sobrevivencia?
Las secuelas de haber padecido la enfermedad cada vez son más en número, en tiempo y en complejidad.
La mayoría de los adultos que sufren la infección del Covid-19 presentan al menos un síntoma después de que el virus abandonó su cuerpo.
Fatiga, dolor de cabeza, trastornos de atención, de memoria, ansiedad, depresión, sensación de falta de aire y dolores articulares, entre muchos otros.
Una de las secuelas que empezamos a conocer es el desarrollo de procesos autoinmunes después de haber estado infectado.
Es como si el cuerpo en ese afán de combate al virus acabara por desconocer a sus propias células.
El estudio y el combate a estas secuelas se lleva a cabo al mismo tiempo que se intenta prevenir infecciones, salvar pacientes con enfermedad activa y lograr vacunar a renuentes y carentes del biológico.
La realidad es que las secuelas que dejará esta pandemia no sólo son a nivel individual.
Países, organizaciones y agencias regulatorias tendrán que replantearse su papel en el combate a la enfermedad. Identificar los errores y corregirlos para el hoy y sobre todo para el futuro.
Ojalá y no solo se trate de secuelas patológicas, ojalá y se aprenda de lo que ha sucedido.
¿De qué sirve ahorrar en proyectos, cuando no se gasta en salud?
¿Para qué ofrecer un futuro incierto, cuando el presente exige acciones concretas?
¿Por qué celebrar cuando aún estamos en guerra?
Las ciencias sociales y las ciencias naturales deben caminar a la par.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) la salud pública se define como la respuesta organizada de una sociedad dirigida a promover, mantener y proteger la salud de la comunidad y prevenir enfermedades, lesiones e incapacidad.
En América Latina tenemos que aprender de lo vivido, llevar una salud pública adecuada como prioridad en la agenda.
Si con todo lo que hemos sufrido en estos 22 meses seguimos sin querer aprender, la ignorancia y la desidia acabarán por provocar una mayor secuela: la autoinmunidad en una ya de por sí población polarizada.
Escuchemos a la ciencia, más cuando el costo en vidas ya ha sido gravísimo.

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