Daniel Ulibarri

La muerte después de muerto

 

Las cortinas estaban medio corridas,

 

el suelo barrido y sembrado de juncos,

 

romero y mayo recostado sobre mi cama,

 

donde a través del enrejado se deslizaban

 

sombras de hiedra…

 

Se inclinó sobre mí pensando que dormía

 

y que no podría yo oírla; pero la escuché:

 

Pobre niño, pobre niño“: y mientras se alejaba.

 

Se produjo un profundo silencio y sé que lloraba.

 

No tocó la mortaja ni levantó el pliegue que

 

escondió mi rostro, tomó mi mano en la suya,

 

revolvió las suaves almohadas tras mi cabeza:

 

Nunca me amó vivo; pero una vez muerto

 

se compadeció de mí; y muy dulce es saber

 

que todavía está caliente aunque yo tenga frío.

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