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Daniel Ulibarri

La mínima esperanza

¿Habremos aprendido algo? Tras estos meses borrascosos, tras los encierros y las reaperturas apresuradas y los nuevos encierros, luego de tanto miedo y tanta incertidumbre, y luego de tantas y tantas muertes, ¿el mundo que se abre a partir de 2021 será, en alguna medida, mejor?

La humanidad parece disfrutar de la infinita capacidad para no aprender de los errores, para repetir una y otra vez los mismos despropósitos, para olvidarse del pasado -así sea del más inmediato-, para fingir que nada ha sucedido e intentar seguir como si nada, que por momentos cuesta imaginar cualquier rectificación, cualquier toma de conciencia, cualquier atisbo de progreso.

Y sin embargo, los humanos también hemos sabido, de vez en cuando, asimilar las tragedias que nosotros mismos hemos provocado o exacerbado -como ésta- y sentar las bases de una mínima esperanza.

Lo mejor de nuestra especie pasa por la cultura y por la ciencia -dos ramas del conocimiento que son, en realidad, la misma-.

Más allá de guerras o cataclismos, ambas nos han permitido no sólo sobrevivir, sino asegurar nuestra persistencia en el planeta.

Y así como la destrucción parece inscrita en nuestros genes -tanto de nuestro entorno como de nosotros mismos-, la capacidad de construir minuciosamente universos enteros, de desentrañar las leyes del cosmos y de reimaginarnos en la ficción y en el arte no nada más nos consuela, sino que nos torna auténticamente humanos.

Asolados por una plaga que en alguna medida nosotros mismos desatamos, también hemos sido capaces de identificarla, rastrearla y, a fin de cuentas, empezar a contenerla gracias a nuestra curiosidad científica.

Desde que se cobró la primera víctima en Wuha