enero 22, 2021

¿Habremos aprendido algo? Tras estos meses borrascosos, tras los encierros y las reaperturas apresuradas y los nuevos encierros, luego de tanto miedo y tanta incertidumbre, y luego de tantas y tantas muertes, ¿el mundo que se abre a partir de 2021 será, en alguna medida, mejor?

La humanidad parece disfrutar de la infinita capacidad para no aprender de los errores, para repetir una y otra vez los mismos despropósitos, para olvidarse del pasado -así sea del más inmediato-, para fingir que nada ha sucedido e intentar seguir como si nada, que por momentos cuesta imaginar cualquier rectificación, cualquier toma de conciencia, cualquier atisbo de progreso.

Y sin embargo, los humanos también hemos sabido, de vez en cuando, asimilar las tragedias que nosotros mismos hemos provocado o exacerbado -como ésta- y sentar las bases de una mínima esperanza.

Lo mejor de nuestra especie pasa por la cultura y por la ciencia -dos ramas del conocimiento que son, en realidad, la misma-.

Más allá de guerras o cataclismos, ambas nos han permitido no sólo sobrevivir, sino asegurar nuestra persistencia en el planeta.

Y así como la destrucción parece inscrita en nuestros genes -tanto de nuestro entorno como de nosotros mismos-, la capacidad de construir minuciosamente universos enteros, de desentrañar las leyes del cosmos y de reimaginarnos en la ficción y en el arte no nada más nos consuela, sino que nos torna auténticamente humanos.

Asolados por una plaga que en alguna medida nosotros mismos desatamos, también hemos sido capaces de identificarla, rastrearla y, a fin de cuentas, empezar a contenerla gracias a nuestra curiosidad científica.

Desde que se cobró la primera víctima en Wuhan, apenas tardamos en revelar su material genético y su pertinaz talento para invadirnos, y en un lapso récord -acelerado, qué duda cabe, por la urgencia y por las perspectivas de fama y de riqueza- hemos desarrollado distintos escudos que nos protegerán de su asedio.

Por desgracia, la desigualdad que todo lo infecta en nuestra era no dejará de observarse en la distribución global de las vacunas.

Como de costumbre en nuestro despiadado neoliberalismo, los más ricos -así sean naciones enteras o individuos- las tendrán más pronto, lo que significa, simple y llanamente, que enfermarán y morirán muchos más pobres: la medida del brutal sistema que habitamos.

Y, aun así, solo la ciencia ha podido salvarnos. Esta es la primera gran enseñanza de este año infausto. Frente al desdén populista, la austeridad maniática o los sempiternos recortes presupuestales, tendríamos que apostar a la ciencia como nunca antes.

Tanto aquella que nos alerta a diario sobre el calentamiento global o la desolación de los ecosistemas que nos rodean -causa primera del repentino virus que nos ataca- como de la investigación básica en todas las disciplinas, con especial relevancia en las ciencias biológicas y de la salud.

Otra vez: no destinar más recursos a la ciencia en todas partes -incluyendo los países en desarrollo, como el nuestro- refleja también una negligencia criminal. En vez de seguir apostando por energías fósiles -y refinerías-, tendríamos que elevar sustancialmente nuestra inversión en ciencia y tecnología de punta.

La otra mitad de nuestra salvación depende de la cultura, de esa misma cultura que, como siempre en la historia, aun asediada y confinada, logró mantenerse viva y vibrante. Una cultura que se vio obligada a refugiarse y expandirse virtualmente, sin estar preparada para ello, valiéndose más del ingenio y la voluntad que del desarrollo tecnológico.

Y sin capacidad, todavía, para crear cadenas de valor que respeten a los creadores y se vuelvan un motor económico imprescindible.

Arrinconar a la cultura, como se ha hecho hasta ahora, es otro crimen: como pocas veces, ésta necesitará de recursos para reencontrar su camino en la realidad pospandémica y para aprovecharse de cuanto ha asimilado en estas largas semanas de reclusión digital.

Si no queremos que este año atroz haya sido en vano, la gran enseñanza está aquí, ante nuestros ojos. Ciencia y cultura.

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