octubre 26, 2021

Jugar. Una habilidad importante en la vida.

Somos tan mentales que de adultos hasta al juego le ponemos reglas y objetivos, sólo nos permitimos jugar si es siguiendo reglas: meter una pelota en algún lugar, conquistar un terreno de mentira, sumar puntos y llegar a lugares.

Jugar por jugar se nos olvida o no nos lo permitimos. Parece algo sin sentido.

Pero jugar es explorar, es abrir la mente, es reírse, es ser espontáneos.

Una actividad es espontánea cuando tiene la cualidad de ser voluntaria y sin restricciones, sin un pensamiento profundo o premeditación.

La espontaneidad se refiere al sentido subjetivo de libertad y falta de restricción asociada con cualquier acción o respuesta.

Esta cualidad subjetiva de la espontaneidad la define y la distingue de la improvisación, que encarna la idea de un esfuerzo cooperativo para mantener el juego o la conversación creativa en marcha.

La improvisación se basa en las reglas de compromiso de la relación y la espontaneidad se refiere a la experiencia subjetiva del individuo.

En cualquier interacción, improvisada o con guión, pueden ocurrir acciones espontáneas, la espontaneidad se refiere a la experiencia del respondedor, actor o pensador.

En la situación analítica, cuando la dimensión de improvisación va bien, ambos participantes pueden volverse más espontáneos.

Por otro lado, pueden proceder con bastante cautela mientras improvisan, siempre conscientes de la agenda, sensibilidades y necesidades de la otra persona, y siempre sopesando sus opciones sobre cómo hacer avanzar el intercambio analítico.

Las convicciones teóricas, estéticas o éticas pueden dictar que la participación espontánea es desaconsejada o inaceptable, incluso no analítica.

Por eso, démonos el chance de cortarla con eso de pseudointelectizar la vida y saquemos el rato para simplemente… jugar.

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