Ciertamente ya no hacen el invierno como lo hacían antes. Aquéllos eran fríos, los de mi niñez y primera juventud.

Hasta las palabras se congelaban en el viento, y teníamos que esperar la llegada del verano para oír lo que habíamos dicho. Hacía tanto frío que incluso el frío tiritaba.

Ahora los fríos no son tan fríos. Será el calentamiento del planeta, o será que el cuerpo ya no siente tanto -o el alma-, el caso es que no siento tanto frío como el frío que alguna vez sentí.

Me contaron de un tipo que era muy friolento. Al morir se fue al Cielo, pues por el frío jamás había salido de su casa y no tenía pecados.

En la mansión celeste sintió frío, y le pidió a San Pedro que lo enviara al infierno a fin de calentarse.

Días después el apóstol de las llaves sintió curiosidad por saber si en la mansión del fuego se le había quitado el frío al friolento. Llamó a la puerta del averno y la abrió un diablo.

Dentro se oyó una quejumbrosa voz:

«¡Cierren esa puerta!».

Lo dicho: ya no hacen los fríos como los hacían antes.

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