Un girasol plantado

de alguna manera en el callejón.

Su cuello roto.

Quizás la memoria es todo el hogar

que uno en la vida obtiene.

Y rabia, donde primero se aprende lo frágil

que es el eje sobre el que todo se inclina.

Pero decir que hice las paces

con una ciudad que nunca me amó

podría ser exagerado.

Todo lo que sé es que hubo una vez

un cuarto donde no se encuentra mucho,

vacante, donde ratas se esconden

en la hierba profunda durante el día.

Ese apartamento no podía hacer,

en última instancia, lo que la ciudad misma hizo,

abandonada a la merced de su propia suerte:

Rebeliones, decían algunos.

Disturbios dijo el resto.

En cualquier caso, llamas;

y la casa que conocí aquí, cenizas…

No es un recuerdo real,

pero todavía lo recuerdo:

un carro oxidado de fondo recién entregado,

luego robado.

Despojado, recuperado,

Y construido con tornillos.

Huyendo un principio del mes de mayo.

Lo que queda de esa vida

tiembla en el retrovisor,

el mundo en llamas,

Y la mitad de mi cabeza

tierra abajo.

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