octubre 22, 2020

Hace rato que la libertad de expresión se encuentra amenazada.

La infección del debate público procedente sobre todo de las redes sociales, pero presente en las relaciones políticas y comunitarias, ha sido uno de los factores principales de ese amago.

Los distintos actores políticos han osado colgarse en esas redes, hacer malabares y reproducir todo tipo de mensajes falsos o de medias verdades para acaparar o reorientar el sentido y las tendencias de lo que suponen como preocupación pública. Con ello han destrozado credibilidades y ahogado la reflexión y el debate público.

No es privativo de la política.

Todo aquello que desborde pasiones y emociones mecerá al ritmo de la exacerbación y el escándalo.

En las redes diversos actores sociales y políticos encontraron su horma de la manipulación.

El ambiente de la política y del escrutinio público se trasladó a esa arena.

Las invectivas matutinas del Presidente han encontrado el ambiente propicio para reproducirse en terrenos áridos donde el debate está cercenado, mutilado, cancelado.

No hay debate, hay descontón; no hay argumento, hay descalificación; no hay razonamiento, hay emoción descontrolada.

Todo lo que no gravite en esa órbita será desconocido, anatemizado; los matices son borrados, los puntos de reflexión son descartados.

No hay duda, hay infalibilidad. No hay cuestionamiento, hay filiación.

Las redes sociales también pueden ser escenarios de entendimiento no solo de irracionalidad. Distintos conglomerados las utilizan para potenciar el valor de su asociación y de sus demandas.

Al final las redes se mueven en esa tensión entre la manipulación y la cordura; son escenarios de disputa que coronan una circunstancia de diversidad cultural, social y política.

Muchos grupos y conglomerados ciudadanos han generado espacios de poder cuestionadores de la legitimidad de las instituciones tradicionales.

Espacios autónomos pero también convergentes; espacios de intereses y reclamos que van mucho más de prisa que las instituciones burocráticas.

Al ahogar el debate y privilegiar la descalificación se producen fenómenos caricaturescos que en nada ayudan a la oxigenación democrática.

La poesía gubernamental hace prosa con el rancio nacionalismo -desfasado del mundo global, de una sociedad diversa- que encuentra antagonismo con las viejas recetas conservadoras, parroquiales y fundamentalistas.

La violencia física es precedida invariablemente de sus componentes imaginarios y simbólicos.

De arengas, simbologías, estandartes e invectivas que marcan una furia declarativa primero y, sin control ni canalización, suelen concluir en ejercicio descarnado de la violencia física después.

La libertad de expresión no es una canonjía que otorga un Estado o que limite o autorice un Presidente ni tampoco pertenece a los políticos o los medios informativos.

Es un derecho de la sociedad, vital para una democracia, para un sistema de convivencia que no niegue la diferencia sino la estimule.

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