Daniel Ulibarri

Iluminado

Otra mañana de sequía después de un aguacero demasiado breve al amanecer, inexplicables destellos plateados en las hojas de los arces marchitos.

Pienso en una tropa de dichosos bienaventurados acercándose a Dante,“cien esferas brillando”, exclaman con entusiasmo.

Las perlas más puras…” luego de los espantosos e innumerables destellos en mi lámpara de los ojos del vasto enjambre de murciélagos que encontré una vez en una cueva…

una cámara cuyas paredes hervían con una alfombra sin espacio de criaturas.

Sus cacofónicos, agudos, insistentes, incesantes chillidos y chillidos agitando el aire cálido, rancio y empalagoso;

Como uno, perfectamente inmóvil entre todos los demás que se retorcían irregularmente,

estaba mirándome directamente,

mirando solemnemente, pensativamente hacia arriba de debajo del intrincado pelaje de sus alas coriáceas como si no pudiera creer que yo estaba allí.

Estaban tratando de ubicarme,para situarme en el nudo del que habíamos evolucionado, y ahora, los árboles todavía brillan desgarradoramente…

Dante otra vez, esta vez, se referirá a una figura que conoce como “la vida de...” no el alma, ni la persona, la vida y de nuevo el murciélago, y yo.

Nuestras vidas en ese momento juntos.

Nuestras vidas, nuestras vidas, la suya sin visión del esplendor celestial, sin poema.

La mía sin vuelo, sin carrera certera a través de la oscuridad,

la suya sin darse cuenta que, tan pronto, dejaría de existir.

El mio de tener que saber por los dos que todo termina,

el mundo, el más allá, incluso su memoria, se desvaneció

como la película de vapor incierto de lo último de la lluvia 

lujuriosa.

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