octubre 27, 2020

A un cierto sujeto del sureste de la capital le tomaron una radiografía.

El médico se desconcertó al ver la placa: en la espalda del individuo aparecían unas manchas simétricas que el facultativo jamás había visto.

Convocó a junta de radiólogos y especialistas en diversas ramas de la ciencia médica, y ninguno acertó a relacionar aquellas extrañas señales con alguna enfermedad.

La esposa del individuo vio la radiografía y dijo:

Son las huellas que le ha dejado en el lomo la hamaca.

En otra ocasión el mismo sujeto se hizo un análisis de laboratorio.

La encargada le informó:

Le salieron tres ácidos.

¿Tres? -se alarmó el sujeto-. Yo sólo sé del ácido úrico. ¿Cuáles tres ácidos me salieron?

Enumeró la laboratorista:

Ha sido tragón, ha sido borracho y ha sido güevón.

Borracho había sido, en efecto este hombre, y conservaba la afición. Con esta añadidura: jamás pagaba lo que se bebía.

Un amigo se lo topó en una cantina y le dijo:

Vamos al bar de mi barrio. Ahí las cervezas están a dos por uno.

Me quedo -replicó el tipo-. Aquí están a tres por cero.

Y es que estaba bebiendo a costa de otro, como de costumbre.

No es éste el único tipo holgazán que hay en el Gran Área Metropolitana.

En todas partes abundan los huevones.

Hace unas semanas viajé a cierta ciudad, y acudí a una cafetería tradicional.

Me extrañó verlo con pocos parroquianos, siendo que siempre está atestado.

¿Qué sucede? -le pregunté al mesero-. ¿Por qué hay tan poca gente?

Respondió el camarero:

Es que el Alcalde anunció que va a abrir 10 mil empleos, y muchos se quedaron en su casa por el temor de que les toque uno.

Pero vuelvo al protagonista de mi cuento.

La esposa del holgazán empezó a tener problemas de salud. Los doctores le encontraron una incipiente diabetes. Con inquietud la señora comentó el problema con una su vecina. Le dijo ésta:

En Panamá hay un doctor que por 10 mil pesos hace trabajar al páncreas.

Replicó la señora:

Le doy 50 mil si hace trabajar a mi marido.

Al perezoso individuo de quien cuento todo esto se le ocurrió irse a los Estados Unidos en compañía del mismo tipo aquel de la cantina, holgazán también.

Llegaron los dos a la frontera, y ahí les marcó el alto un agente americano de migración.

Ustedes no poder pasar -les dijo, terminante.

¿Por qué no? –inquirió uno de los dos haraganes-. Nuestras visas están en orden.

-respondió el guardia-. Pero yo creer que ustedes venir a los Estados Unidos a trabajar.

¡Uh, mister! -exclamó el sujeto-. ¡Precisamente de eso venimos huyendo!

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