Quisiera andar de noche

por una ciudad de furias dormidas,

y al volver una esquina

descubrir unos pasos;

y saber que son míos,

y seguirme despacio,

y mirarme de pronto,

y saber que me he hallado en mi piel,

y acercarme sin prisa,

y ponerme una mano

afectuosa en el hombro

y decirme: “Hola, Daniel”.

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