La hoguera y la zozobra

La hoguera acompaña a la zozobra.

La intolerancia escribe más rápido que la compasión.

El periodo del encierro fragmentó y cercenó. La epidemia convocaba desde su gravedad a la urgencia de la concordia y la interdependencia; del diálogo y el encuentro. Era la urgencia de la asociación y de la atención. Oír al médico, al científico, al policía, al funcionario. Y todos necesitaban de la disciplina y colaboración del ciudadano.

Atender y cumplir; persuadir para proteger. Las medidas indispensables de higiene, los trapos necesarios para la protección, los cuidados básicos de la distancia. Pocos ejercicios de reiteración como estos. Pero sobre ello se encaramó la sordera y la repulsión.

No hay gobierno en el mundo cuya autoridad no haya sido minada.

No hay manera de salir airoso de esta. Todos los días las cuentas que se dan son malas. Más contagios, más muertes; y cuando disminuyen es tal la avalancha de la desgracia que se considera demasiado tarde la inflexión. Nueva Zelanda será la excepción, Estados Unidos el horror.

El empecinado virus que nos ha agobiado no se irá. Seguirá estando aquí, entre nosotros, como amenaza permanente. Y lo mismo sucederá en el mundo entero.

De seguro se hallará una vacuna para prevenir el mal, como sucedió con otras enfermedades que apenas hace unos años eran letales, como el polio, pero aun así el peligro estará latente.

Se nos olvidará el susto inicial, y al paso de los meses volveremos a la rutina cotidiana, pero el coronavirus seguirá cobrando víctimas, aunque ya no se contabilicen. Viviremos como si estuviéramos jugando a la ruleta rusa.

Así las cosas, quienes creen en Dios pónganse en sus manos desde ahora, y los que no creen en él fíense al destino, ese otro dios…

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