Daniel Ulibarri

Hay tanto que quiero decir y no puedo

 

Exploro viejos charcos de lodo.

Busco el primer fuego.

Infancia, esa casa llena de fantasmas;

el patio de mi abuela, la tierra,

los árboles de los que estoy hecho.

La guayaba estrellándose contra las

tejas rojas del patio a media tarde,

tardes donde veía pasar la vida

desde una acera y me engañé

creyendo que mi cuerpo y mis manos

estaban hechas para narrar el mundo.

Escribo, eso es seguro,

pero hay tanto que quiero decir y no puedo;

tanta vida deslizándose entre mis manos,

tanta sombra alborotándome y palabras

suspendidas en el aire, minúsculas

partículas de polvo iluminadas por la luz

de la ventana, que debo sacudirme como

alguien se sacude la última capa de piel.

Y miento si digo que es piedra, montaña,

mar, río, los pájaros alzando el vuelo,

los rincones de una casa, el rostro

de mi abuela o sus numerosos fantasmas.

Tantos relatos que hoy piden ser contados…

Hay tanto que quiero decir y no puedo.

Escribo, claro. Soy el mejor de los actores.

Y veo la muerte, del otro lado, levitando.

 

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