El padre Soárez sufría un gran pesar.

Señor -le dijo al Cristo de su iglesia-. Las guerras en el mundo son terribles. Me aflige la visión de la maldad humana.

Tienes razón, -le contestó Jesús-. Pero deja que los muertos entierren a sus muertos, y vuelve tú la vista hacia las guerras que traes en tu interior: la guerra con aquel a quien odias, al que envidias, al que haces objeto de una injusticia o un maltrato; y tus guerras interiores, los conflictos que traes contigo mismo y con los que viven junto a ti. También esas guerras son muy crueles. La paz del mundo es importante. Pero no olvides la paz de tu mundo.

El padre Soárez entendió lo que el Cristo le decía. Dijo una oración por que acabara la guerra entre los hombres, y con mayor fervor pidió fuerzas a Dios para acabar su propia guerra.

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