Hay una gotera en el techo de la casa en el Potrero. Si yo tuviera su terquedad ya habría horadado todas las rocas de este mundo. Años tengo de combatirla, y ella regresa siempre con la lluvia, y me dice con su goteo empecinado:

«He vuelto. ¿Cómo ha estado usted?«.

Le puse al techo tierra mezclada con ceniza del fogón y de la chimenea.

Le puse una capa de lodo revuelto con paja y baba de nopal.

Le puse cemento y cal.

Le puse impermeabilizantes.

Todo.

Y volvió la gotera siempre, triunfadora.

Ya no la combato.

Me venció.

Pongo bajo ella una tinaja y en la noche la escucho caer, y nos duermo con su arrullo. La gotera me dice que mi casa es un hogar, no un cuarto de hotel.

He de amar esas imperfecciones, esos ruidos domésticos, queridos: el de la puerta que rechina, o la ventana que golpea, o los antiguos muebles que se quejan de noche, como hablando.

Las cosas dicen cosas que no oímos, y cantan canciones ignoradas.

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