marzo 2, 2021

Hay una gotera en el techo de la casa en el Potrero. Si yo tuviera su terquedad ya habría horadado todas las rocas de este mundo. Años tengo de combatirla, y ella regresa siempre con la lluvia, y me dice con su goteo empecinado:

«He vuelto. ¿Cómo ha estado usted?«.

Le puse al techo tierra mezclada con ceniza del fogón y de la chimenea.

Le puse una capa de lodo revuelto con paja y baba de nopal.

Le puse cemento y cal.

Le puse impermeabilizantes.

Todo.

Y volvió la gotera siempre, triunfadora.

Ya no la combato.

Me venció.

Pongo bajo ella una tinaja y en la noche la escucho caer, y nos duermo con su arrullo. La gotera me dice que mi casa es un hogar, no un cuarto de hotel.

He de amar esas imperfecciones, esos ruidos domésticos, queridos: el de la puerta que rechina, o la ventana que golpea, o los antiguos muebles que se quejan de noche, como hablando.

Las cosas dicen cosas que no oímos, y cantan canciones ignoradas.

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