octubre 24, 2020

El gato camina sobre el muro de adobe del corral y lo convierte en un dibujo egipcio.

Me pregunto a dónde va.

No tiene hambre -lo vi comer en la cocina-, ni es de noche, cuando las sombras propician el amor.

Pienso que ha trepado a la pared para que lo veamos.

Es vanidoso, lo conozco bien, y muestra su sinuoso andar igual que John Wayne mostraba el suyo, o Henry Fonda.

Algo de artista tiene ese gato que nunca deja que lo acaricie y al que no he oído nunca ronronear.

Quiero apartar la vista de él para que no se salga con la suya, pero no puedo hacerlo.

Recortado su color gris contra el azul del cielo es la imagen de la elegancia, de la distinción.

Pasea con paso real su gracia y su fiereza.

Llega al final del muro.

Va a saltar a la azotea.

Pero antes de desaparecer vuelve hacia mí su cabeza de pequeño tigre y me dirige una mirada desdeñosa.

Me siento empequeñecido por el gato.

Y sé la causa: no soy libre como él.

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