Ayer el gato gris dejó en la puerta de la casa un pequeño halcón herido.

No sé si ese mínimo tigre atrapó al ave, o si la halló y me la trajo a regalar, como hace a veces con lagartijas y ratones. El caso es que no le dio muerte: en gesto de caballero me la entregó.

Llevé al halcón con el veterinario. Tenía un ala rota.

El médico me dijo que el gato no había causado aquella herida: más bien parecía de pedrada. Hizo las curaciones necesarias, y luego lo puso en una jaula. Piensa que pronto volará otra vez.

A mí me asombra lo que no entiendo. Y como casi nada entiendo, vivo en continuo asombro. Esto del gato gris y del halcón es para mí un misterio.

Lo añado a los prodigios que me rodean por todos los rumbos cardinales, y firmo y sello el acta de este nuevo asombro.

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