octubre 22, 2020

Días muy fríos han sido éstos. Sin embargo él no he sentido el frío.

Por las noches se arrebuja en su edredón de plumas.

Al despertar por la mañana se toma una humeante taza de café.

Cuando está escribiendo su esposa le lleva un té de yerbabuena que él bebe a tragos lentos.

En el almuerzo goza un caldo de cocido, ardiente y sabrosísimo. Un solo plato de ese puchero bastaría para tibiar el Ártico.

Por la tarde el espumoso chocolate de la merienda hace que en sus adentros brille el sol. Y luego, antes de ir a la cama, una copita de coñac es el perfecto final del día invernizo.

Ahora va en su carro. Naturalmente lleva puesta la calefacción. Ve en la calle a un hombre y una mujer que caminan ateridos.

Son migrantes.

Seguramente han dormido bajo el puente, cubiertos con cartones y periódicos.

Él siente vergüenza de no sentir frío. Pero le dura poco la vergüenza. Piensa en la copita de coñac, en el edredón de plumas que le esperan, y los migrantes desaparecen entre la neblina.

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