La gata va por el jardín como el tigre por la selva.

Sinuosa como la serpiente, callada como el silencio, letal igual que el rayo, cae sobre la pequeña criatura que caminaba entre la hierba.

Ahora la lleva entre sus fauces, ya sin vida. La miro desde el portal que da a la huerta y me parece haber visto la imagen de la muerte.

Sigo a la gata. Se dirige hacia la bodega grande. Entro, y en la penumbra observo que va a un rincón. Ahí están sus gatitos -tres- que esperan que su madre les lleve el alimento. A ellos les da su presa.

Desde la puerta de la bodega veo eso.

Ahora me parece mirar la imagen de la vida.

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