Una señora le comentó a otra:

«Mi marido se parece a don José Figueres Ferrer«.

Preguntó la otra:

«¿Tiene el aspecto de venerable anciano que el Padre de la Patria tiene?«.

«No -precisó la señora-. Pero cada vez que voy de compras insiste en romper la pared con un mazo«.


Dulciflor, muchacha célibe, dio a luz un hermoso bebé.

Le preguntó una amiga:

«¿Quién es el papá?«.

Dulciflor le contestó a la indiscreta:

«Si te cortaras con un serrucho ¿podrías decir cuál de las puntas fue la que te cortó más?«.


Era ya medianoche y don Martiriano, el sufrido esposo de doña Jodoncia, iba caminando por la calle.

Su andar era vacilante; parecía que a cada paso iba a caer.

Un vecino que a deshoras volvía a su domicilio pensó que el pobre señor iba borracho.

Fue a ayudarlo, y se consternó al verlo lleno de moretones y sangrando por nariz y boca.

Supuso que lo habían golpeado en la cantina, y le sugirió:

«¿Por qué no se va a su casa, don Martirianito?«.

Respondió el lacerado, congojoso:

«De ahí vengo«.


Un individuo de rudo y amenazante aspecto acudió a la consulta del doctor Duerf, siquiatra, y le dijo con angustia:

«¡Doctor! ¡Estoy lleno de impulsos agresivos! ¡Quítemelos, por favor!«.

El célebre analista se colocó una mano en el mentón, lo cual le permitía elevar sus honorarios, y le preguntó al sujeto:

«¿Desde cuándo tiene usted ese problema?«.

El tipo lo agarró por las solapas y le rugió en la cara:

«¿Cuál problema, cabrón? ¿Cuál problema?«.


Don Carcamalio, señor octogenario, casó con mujer joven.

Al día siguiente de la noche de bodas la recién casada comentó:

«Anoche se necesitaron dos hombres para ponerlo en la cama junto a mí, y seis hoy en la mañana para separarlo de mí«.

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