Por el camino iba el fabulista con su fábula.

Pensaba que la vendería en el mercado. Con el dinero que le produjera compraría gallinas que le darían huevos y pollos.

Los vendería y se compraría una vaca.

La vaca le daría terneros. Los vendería y se compraría una casa. Ya dueño de una casa no le sería difícil conseguirse una mujer.

En ese preciso instante una súbita ráfaga de viento le arrebató la fábula e hizo caer sus páginas en las aguas del turbulento río.

Adiós gallinas.

Adiós huevos y pollos.

Adiós vaca.

Adiós terneros.

Adiós casa y mujer…

Cerca de ahí una lechera sonreía con sonrisa aviesa.

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