Yo llamaría «arteros» a estos gatos, pero entonces tendría que decir también que la vida es artera.

Llamaría a estas letales criaturas «instrumentos de la muerte», si no fuera porque son en verdad, igual que todos los animales, unos instrumentos de la vida.

Son gato y gata, y viven en el rancho. A la caída de la tarde salen a cazar. Han encontrado ahora la covachuela de una ardilla. Asoma su pequeña cabeza la ardillita y mira cerca al gato. Se mete en su escondrijo apresuradamente. A poco asoma otra vez.

Todavía está el gato, y vuelve a esconderse. Saca la cabecita por tercera vez: el gato ha dado la espalda, y se aleja, indiferente.

Sale entonces la pequeña ardilla: el enemigo se ha ido. La gata, que todo el tiempo estuvo esperando atrás del agujero, salta sobre ella y le da muerte.

Los dos -la gata, el gato- llevan la presa a sus gatitos, y les dan de comer en el granero.

A veces lo que parece vida es muerte. Y siempre lo que parece muerte es vida.

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