¿Cómo se define una nación? ¿Quién la define? ¿Quiénes somos?

Por supuesto que los populismos antidemocráticos -en el poder o en su antesala- han puesto al descubierto las vetas ocultas de aquellos países que creían haber superado los lastres del pasado.

En Gran Bretaña el nacionalismo inglés ha renacido con Brexit y está dispuesto a sacrificar al país que Inglaterra y sus vecinos forjaron hace siglos; en España, Franco no ha muerto; en Polonia y en Hungría una agenda cultural conservadora y un antisemitismo centenario han salido a la superficie y, si alguna vez los estadounidenses pensaron que habían enterrado el racismo que estuvo a punto de destruir al país en el siglo XIX con la derrota de los confederados, se equivocaron.

El populismo está más vivo que nunca.

Más allá de un electorado irracional y desinformado que compra las promesas populistas de un futuro radiante o de la vuelta de un pasado mejor (más de 30% del electorado estadounidense sigue apoyando a Trump), ningún partido populista hubiera llegado al poder sin el apoyo y la lealtad incondicional de escritores, artistas, panfletistas, estrategas que manipulan las redes sociales a través de bots y troles, y comunicadores de radio y televisión que venden la imagen del demagogo a la opinión pública.

Es una labor complicada entender las causas porque la base de apoyo de los populistas es plural. Atraviesa verticalmente las clases sociales -incluye a miembros de las élites que los populistas pretenden derrocar- y aunque sus seguidores favoritos están en la derecha, recoge acólitos de todas las tendencias.

Es una búsqueda interesante porque el boleto de entrada al populismo es un compromiso irreversible con la mentira. Hay que comprar, para empezar, el mito fundacional que todos los gobiernos populistas se han inventado. Fraudes falsos, enemigos fantasmales, geopolíticas y biografías imaginarias, pasados inexistentes.

Para los liberales que defendemos la democracia, el problema del compromiso de los lacayos del autoritarismo populista con la mentira, es que cualquiera de esos mitos derruye la legitimidad democrática.

Nadie puede confiar en un sistema que dejó gobernar a un Presidente que «no ganó», que no persiguió a quienes «mataron» a otro, que promueve un amplio acuerdo regional que borra fronteras pero «impone» a sus miembros reglas que «violan su soberanía» -como la Unión Europea en la versión de los brexitistas ingleses-.

Así empezó Trump su carrera política. Con la gran mentira del «birtherismo» que afirmaba que Obama no había nacido en EU. El mensaje era transparente. Obama era, literalmente, ilegítimo de nacimiento. Tan ilegítimo como el sistema democrático que lo dejó gobernar.

Por supuesto que los miembros de la tribu sectaria que apoya a los populistas autoritarios son cínicos (más cínicos mientras más educación tienen). Y muchos, como descubren innumerables politólogos, son mediocres y resentidos: jamás hubieran obtenido en una meritocracia los puestos y prebendas de las que gozan, gracias a su lealtad servil, en los movimientos populistas.

Los mueve básicamente la ambición de poder.

Por eso apuntalan movimientos premodernos, autoritarios y anticientíficos. Los «expertos», el conocimiento y la libertad de expresión, son sus peores enemigos.

Es indispensable descalificar y silenciar a todos los que puedan develar la verdad atrás de las mentiras que son la palabra diaria del Estado populista.

Para su desgracia, el Covid-19 no conoce las reglas del juego. Los países gobernados por populistas son responsables de cientos de miles de muertes que pudieron haberse evitado.

Los lacayos descubrirán pronto que el servilismo incondicional a líderes ignorantes y autoritarios no sólo los ha envilecido y destruido moralmente, sino que acabará con su futuro político.

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