octubre 22, 2020

El ermitaño vivía en una gruta de los montes.

Alejado de todo trato humano dedicaba sus días y sus noches a la oración y a mortificar su cuerpo con ásperas penitencias.

Por la misericordia del Señor un cuervo le llevaba a la hora tercia un pedazo de pan.

Tal era su único alimento, con el agua que recogía de las peñas en el hueco de la mano.

Una mañana el santo anacoreta se asustó al ver interrumpida su soledad por la llegada de una lucida cohorte de eclesiásticos.

El cardenal que encabezaba a los dignatarios le comunicó que había muerto el Vicediós, o sea el Papa.

El Sacro Colegio Cardenalicio lo había elegido a él como su sucesor.

Fue a Roma, pues, el ermitaño y ocupó el trono de San Pedro.

Llegó el invierno, y la ciudad y sus colinas se cubrieron de nieve. Soplaba el cierzo; el frío helaba al mundo.

Un familiar del Pontífice le dijo:

En vuestra ventana está un cuervo. Parece que tiene hambre.

Echadlo de ahí –ordenó el Papa–. Un pajarraco así da mal aspecto a mis habitaciones.

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