septiembre 21, 2021

No hay nada más que barro. 

El suelo parece seco y firme,

pero debajo hay un guiso de tormenta. 

Palas robustas, oxidadas, engomadas

y pesadas con las que sopeso y reorganizo.

Mi progreso es lento.

El sol me calienta tan a menudo,

que tengo que parar para tragar bocados

azucarados de té, quitar el sudor con mis dedos hinchados,

aplastar con fuerza a las lentas moscas que revolotean,

como solamente ellss saben.

Y cuando empiezo de nuevo,

hay un ritmo que hace que mis caderas se involucren.

Inmersión. Empujar. Elevar. Echarlo.

Inmersión. Empujar. Elevar. Echarlo.

Mis músculos inexpertos arden,

las articulaciones hacen clic,

el pulso aprieta mi pecho.

Relojes enteros más tarde,

hago una pausa para saborear la hazaña,

para maravillarme de la forma

en que he comprometido la tierra,

en cómo he sido una clase de Dios.

Pero solo el tiempo se ha movido.

Es como intentar llegar al otro mundo con una cuchara.

Necesitaba lo que yo era y lo que nunca seré.

Con la tierra en equilibrio alto, gritando en mi hombro.

Pienso mucho en mis noches de peleas y chillidos.

Quiero sentir un calor y retorcerme en brazos ajenos…

Pero tengo que terminar de cavar.

Dejá un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: