La enredadera que sube por el tapial del huerto se acordó por fin de que ya es primavera y abrió a la luz sus flores azulinas.

Ahora la pared gris es una fiesta. Las golondrinas la ven y no la reconocen.

Cuando el gato pasa por sobre el pretil lo hace pisando con mayor respeto.

Yo amo a esta empecinada enredadera que se abraza al muro como una amante al hombre amado.

Cuando la miro desde mi ventana me parece estar viendo, indiscreto, el encuentro de dos enamorados.

Me reprocho a mí mismo esa irrupción y miro hacia otra parte.

Pero el azul y el verde me llaman otra vez, y otra vez vuelvo a contemplar el muro y el follaje.

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