enero 15, 2021

Recuerdo el feliz tiempo en que el virus amenazaba sólo a la computadora. Ahora nos acecha a todos.

Enemigo que se esconde, que está en el aire presto a asesinarnos. Lotería mortal, a unos los mata, otros se salvan de su ataque.

Yo quisiera tener la fe de los humildes, que en las manos de Dios ponen su vida. Para el creyente la soledad no existe. Alguien está siempre con él. En la presencia de la muerte va hacia el Todo, aunque después venga la Nada.

Ahora es la hora de esperar.

A unos se les irá la vida; a otros les regresará. Pero el enemigo malo no se irá: hará su guarida entre nosotros, y cuando menos lo esperemos nos herirá con su aguijón letal.

Tiempo de morir es éste. Es, por lo tanto, tiempo de vivir. Cada día se vuelve don precioso, y aun cada hora, cada minuto.

Miremos la luz antes de que la sombra llegue. Oigamos las amadas voces antes de que el silencio venga. Y que sea lo que Dios quiera. Todos estamos en sus manos.

Sobre todo los que no somos creyentes.

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