octubre 20, 2020


En la habitación número 210 del Motel Kamawa tuvo lugar aquel lúbrico trance de pasión.

Afrodisio Pitongo le hizo un trabajo espléndido a la linda Rosibel.

Se lució lo mismo en el foreplay que en el subsecuente performance; la llenó de inéditas caricias que no es posible describir aquí.

Al terminar el deliquio -los dos llegaron al final al mismo tiempo- Rosibel preguntó, extática:

“¿Será igual cuando estemos casados?”.

Respondió Pitongo:

“Depende de con quién nos casemos”.


Un amigo de Babalucas comentó:

“No me gusta la comida enlatada”.

Quiso saber el badulaque:

“¿En dónde te gusta?”.


Esa mañana don Chinguetas se puso corbata de moño.

Le dijo a su mujer:

“Con esta corbata siento el cuello más enhiesto, más rígido, más firme”.

Repuso con acritud doña Macalota:

“¿Entonces por qué no te la ponés allá donde te conté?”.

(No le entendí).


Don Rugardo tenía 80 años, y 75 su esposa doña Pasita.

Lo que pasó con ellos fue noticia que dio la vuelta al mundo.

He aquí que el provecto señor embarazó a su mujer, y cumplido el término de gestación la señora dio a luz un robusto bebé de 4 kilos. (“Uno por cada vez” -acotaría orgulloso el feliz padre).

Jamás la ciencia médica había registrado un caso igual, y tampoco las demás ciencias.

Cumplidos los 40 días del parto, según uso del pueblo, la numerosa parentela de los flamantes papás y los amigos de la familia en general fueron a la casa de los maduros cónyuges a fin de conocer al bebé.

“Ahora se los traigo” -ofreció doña Pasita.

No lo hizo.

“Esperen un poco” -les pidió don Rugardo.

Los visitantes se cansaron de aguardar.

Después de transcurrida media hora uno de ellos preguntó, impaciente:

“¿Por qué no traen al bebé?”.

Con mucha pena explicó doña Pasita:

“Es que no podemos recordar dónde lo dejamos”.

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