En la habitación número 210 del Motel Kamawa tuvo lugar aquel lúbrico trance de pasión.

Afrodisio Pitongo le hizo un trabajo espléndido a la linda Rosibel.

Se lució lo mismo en el foreplay que en el subsecuente performance; la llenó de inéditas caricias que no es posible describir aquí.

Al terminar el deliquio -los dos llegaron al final al mismo tiempo- Rosibel preguntó, extática:

«¿Será igual cuando estemos casados?».

Respondió Pitongo:

«Depende de con quién nos casemos».


Un amigo de Babalucas comentó:

«No me gusta la comida enlatada».

Quiso saber el badulaque:

«¿En dónde te gusta?».


Esa mañana don Chinguetas se puso corbata de moño.

Le dijo a su mujer:

«Con esta corbata siento el cuello más enhiesto, más rígido, más firme».

Repuso con acritud doña Macalota:

«¿Entonces por qué no te la ponés allá donde te conté?».

(No le entendí).


Don Rugardo tenía 80 años, y 75 su esposa doña Pasita.

Lo que pasó con ellos fue noticia que dio la vuelta al mundo.

He aquí que el provecto señor embarazó a su mujer, y cumplido el término de gestación la señora dio a luz un robusto bebé de 4 kilos. («Uno por cada vez» -acotaría orgulloso el feliz padre).

Jamás la ciencia médica había registrado un caso igual, y tampoco las demás ciencias.

Cumplidos los 40 días del parto, según uso del pueblo, la numerosa parentela de los flamantes papás y los amigos de la familia en general fueron a la casa de los maduros cónyuges a fin de conocer al bebé.

«Ahora se los traigo» -ofreció doña Pasita.

No lo hizo.

«Esperen un poco» -les pidió don Rugardo.

Los visitantes se cansaron de aguardar.

Después de transcurrida media hora uno de ellos preguntó, impaciente:

«¿Por qué no traen al bebé?».

Con mucha pena explicó doña Pasita:

«Es que no podemos recordar dónde lo dejamos».

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