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Daniel Ulibarri

¿Quién se encierra primero?

El encierro potencia nuestro modo habitual de aislamiento. El teléfono celular como prótesis no es abandonado en el encierro; al contrario, es el arma fundamental de nuestro refugio, de nuestra ansiedad y del miedo.

La herramienta de la comunicación privilegiada e inmediata confunde o dispara; engaña o escandaliza. Somos virtuales porque no queremos ser reales. Lo real es una pandemia que vemos cómo se acerca a nuestras casas y nuestros cuerpos y tenemos la sensación de que nadie hace nada para detenerla. Porque nosotros sí: ya nos encerramos.

Nuestra realidad, suponemos también, no es la postración o el confinamiento. Vaya paradoja. Cuando caminábamos presuntamente libres -antes de la pandemia- el chateo era nuestra comunicación con el prójimo, la tecla de la decisión, la pedrada anónima, la súplica a distancia.

La circunstancia del encierro nos hace odiarnos en otra dimensión; el pretexto perfecto para afirmar la distancia. Ni besos ni abrazos. Una separación corporal que supone una irremediable manera de bloquearse, de desentenderse, de separarse.

Nuestros cuerpos se convierten en enemigos y muros. Y la manera de entendernos será a partir de la virtualidad que reina para generarnos el espejismo. O para desquitar el enojo encaramado sobre el miedo.

“Aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción. La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad”, comparte el filósofo coreano Byung Chul Han (El País. 22/03/20).

Avizoramos lo peor. Los streamings diarios de España o Italia, de nuestros amigos o parientes en Estados Unidos, nos indican que el futuro nuestro está justamente en las imágenes de las pantallas de nuestros móviles y computadoras.

Inventamos nuestra sana distancia antes de que la decretaran.

La sana distancia obliga. Y obliga a asumirla con seriedad. Sana distancia del dogma que confunde preocupación con descalificación. Cuestionamiento con diatriba. Crítica con obstaculización.

Sana distancia de la polarización y del encono. Del que se produce desde el Gobierno que descalifica o el que se reproduce en sus contrarios.

Sana distancia de la mentira. De la fabricación de mensajes y esparcimiento de engaños.

Sana distancia de la desconfianza. Colocados en el púlpito del celular, listos para disparar fotografías de aglomeraciones de otros momentos, o videos editados, o supuración de denigraciones, voceros con diplomas médicos obtenidos en los salones de la grilla eterna convocan a la desobediencia de las instrucciones racionales y de expertos.

Sana distancia del egoísmo. El virus ya llegó. Pulula por todos lados. No pide una carta de acreditación en cada frontera estatal. Se localiza en puntos de contagio específicos, detectables y monitoreables. Se impone la colaboración antes que la competencia de qué gobernador aplica las medidas más severas.

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