Hagamos el elogio de los días que son como todos los días.

Digamos la alabanza de las cosas pequeñas, cotidianas y sencillas.

La almohada, tibia como una esposa, y como ella igual de conocida.

El café en las mañanas, lento a pesar de toda prisa.

El ir a trabajar: a barrer, a hacer letras

o números, o casas, o pan, o vino, o sillas.

El salir a abrazar al amigo, a abrazar al amor.

Quiero decir, salir a abrazarse con la vida.

El volver a la casa, y encontrar que es la casa todavía.

Escribamos un poema a las horas

que son iguales a las de ayer y mañana,

que son otras y sin embargo las mismas.

Proclamemos la gloria de esa ignorada gloria

que no sabemos ver sino cuando la vemos ya perdida.

Cantémosle un himno al día que es como el otro día.

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