diciembre 5, 2020


Minutos antes de la boda el novio llevó aparte al sacerdote y le ofreció 5 mil pesos para que al pronunciar los votos excluyera de los suyos aquello de: “Prometo serte fiel”.

Grande fue por lo tanto su sorpresa cuando llegado el momento el oficiante le preguntó frente a la feligresía:

“¿Prometes serle fiel a tu esposa, entregarle tu sueldo completo, obedecerla en todo, lavar los platos cada día, servirle el desayuno en la cama los sábados y los domingos, llevarla a cenar en restorán tres veces por semana y a bailar por lo menos una vez al mes, y no protestar cuando se gaste el dinero en vestidos, bolsas y zapatos?”.

Al aturrullado novio no le quedó más remedio que contestar:

“Sí, prometo”.

En voz baja se justificó el sacerdote:

“Ella me hizo una mejor oferta”.


Doña Macalota y su esposo don Chinguetas reñían constantemente. Sus frecuentes disputas conyugales eran conocidas por todo el vecindario, pues sus gritos se oían a ocho cuadras de distancia, y con viento favorable a 12. Alguien les sugirió que fueran con un consejero matrimonial.

Les recomendó el experto:

“Procuren ustedes ventilar sus diferencias”.

No sé si los esposos entendieron bien la recomendación, el caso es que ese mismo día se inscribieron en un club nudista.


Dulcibella habló con su papá:

“¿Verdad, papi, que siempre has dicho que a las minorías se les debe respetar?”.

“Así es” -confirmó el señor.

“Qué bueno -se alegró Dulcibella-, porque leí que el 70 por ciento de las chicas de mi edad son vírgenes, y yo estoy en la minoría”.


El marido de doña Frigidia les comentó a sus amigos:

“Creo que mi esposa está empezando a disfrutar el sexo. Anoche le hice el amor y se despertó”.


La señorita Himenia le contó a su vecina:

“En el cine sufrí una mala experiencia. Tuve que cambiar de lugar cuatro veces”.

Le preguntó la vecina:

“¿Algún hombre se propasó?”.

Suspiró Himenia:

“Finalmente”.


La señora apodaba a su cónyuge “El jabón neutro”.

Decía de él:

“No tiene ningún ingrediente activo”.


Don Algón y su socio don Moneto se las arreglaron para que dos hermosas chicas aceptaran ir con ellos a un hotel de playa.

Le dijo don Moneto a don Algón:

“No somos nada”.

Se sorprendió él al escuchar ese comentario filosófico, pero no respondió. En el avión ocuparon asientos de primera clase.

Volvió a decir Moneto:

Esa noche fueron con las chicas al mejor restorán de la ciudad y pidieron una cena de lujo, con champaña y viandas de lo mejor.

“No somos nada”.

De nueva cuenta declaró Moneto:

“No somos nada”.

Ya en el hotel se dirigió cada uno a su habitación con su respectiva pareja.

Y otra vez Moneto:

“No somos nada”.

Don Algón ya no se pudo contener. Le preguntó, impaciente:

“¿Por qué dices que no somos nada?”.

Sonrió Moneto:

“No somos nada tontos”.


El funámbulo daba una función en la calle. Hábilmente cruzaba de uno a otro lado la cuerda floja.

Un muchachillo se divertía moviéndole uno de los postes que sostenían la cuerda.

Trataba de hacerlo perder el equilibrio.

Le dijo el alambrista:

“No me movás el poste, niño. Estoy haciendo mi trabajo. Yo no le muevo la cama a tu mamá cuando ella está haciendo el suyo”.


La nueva paciente del doctor Duerf se preocupó:

“No me inspira confianza ese psiquiatra. Tiene diván matrimonial con colchón de agua y espejo en el techo”.


Pepito le dijo a su mamá:

“Ya sé qué me va a traer Santa Claus en Navidad”.

La señora se sorprendió:

“Todavía falta más de un mes para eso, pero decime: ¿qué te va a traer?”.

Con gran seguridad respondió el niño:

“Un carrito”.

Preguntó la señora:

“¿Cómo lo sabés?”.

Explicó Pepito:

“Abrí la billetera de mi papá, y ahí trae la llantita de refacción”.


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