Daniel Ulibarri

Elegías

Todo nuevo pensamiento es acerca de la pérdida. En esto se parece al pensamiento antiguo y muerto.

La creencia, por ejemplo, de que cada idea particular borra la claridad luminosa de una idea general.

Que el payaso-carpintero y el tronco esculpido muerto son, por su presencia, una trágica caída de un primer mundo de luz indivisa.

O la otra noción de que, porque no hay una sola cosa en este mundo a la que corresponda la zarza de mora, una palabra es un lamento a lo que significa.

Hablamos de eso anoche y en la voz de mi amigo había un hilo delgado de dolor, un tono casi quejoso.

Después de un tiempo entendí que, hablando así, todo se disuelve:

La justicia, el pino, los pelos, una hija, vos y yo .

Había una mujer con la que al hacer el amor yo le sostenía sus pequeños hombros con mis manos…

Sentía un asombro violento ante su belleza, como la sed de sal de mi río de infancia con sus sauces isleños.

Apenas tenía que ver con ella.

El anhelo, digamos, existe en mí porque el deseo está lleno de distancias infinitas y lugares fangosos donde se encuentran pececillos de color calabaza.

Pero recuerdo tanto la forma en que sus manos desmenuzaban el pan, lo que dijo su padre que le dolió, lo que ella soñó…

Hay momentos en que el cuerpo es una manifestación de poderes divinos: las palabras y los días son la continuación de dicha carne.

Tanta ternura, tardes y noches lamentándonos por la mora, mora, mora

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